Escritura Azteca

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domingo, 21 de febrero de 2016

Crónicas de Indias

Justo Fernández López 

A lo largo del siglo XVI se desarrolló un nuevo género literario, las crónicas de Indias, sobre los temas, los hombres y las cosas que constituían “la maravilla de América” o “la novedad indiana”.
«La Crónica y la Historia.
En algunos de estos libros encontramos como sinónimo de historia, el vocablo “crónica”. De modo que recordar la trayectoria y el sentido que tienen ambos vocablos en el siglo XVI, no es mera curiosidad etimológica. En primer lugar, historia (que proviene del griego ἱστορία) se emplea, en la antigua Grecia (y es así como al parecer lo emplea Herodoto) en el sentido de ver o formular preguntas apremiantes a testigos oculares; y significa también el informe de lo visto o lo aprendido por medio de las preguntas. El sentido de este vocablo no contiene, de ninguna manera, el componente temporal de su definición. Es quizás por esta razón por lo que Tácito denomina anales al informe de lo pasado; en tanto que llama historia al informe de los tiempos de los cuales, por su trayectoria vital, es contemporáneo. Tal definición la recoge San Isidoro en sus Etimologías y se repite, todavía, en los tratadistas de la historiografía en los siglos XVI y XVII. La ausencia del componente temporal explica el nombre y el concepto de “historia natural”; y es así como lo encontramos, en los siglos XVI y XVII hispánicos. Crónica, por el contrario, es el vocablo para denominar el informe del pasado o la anotación de los acontecimientos del presente, fuertemente estructurados por la secuencia temporal. Más que relato o descripción la crónica, en su sentido medieval, es una “lista” organizada sobre las fechas de los acontecimientos que se desean conservar en la memoria. En el momento en que ambas actividades y ambos vocablos coexisten, es posible encontrar, al parecer, crónicas que se asemejan a las historias; y el asemejarse a la historia, según los letrados de la época, proviene del hecho de escribir crónicas no sujetándose al seco informe temporal sino hacerlos mostrando más apego a un discurso bien escrito en el cual las exigencias de la retórica interfieren con el asiento temporal de los acontecimientos. Los vocablos de anales y crónicas, acuñados en la Antigüedad, son los vocablos principales que se conservan en la Edad Media para asentar acontecimientos notables. Anales y crónicas estaban ligados a las prácticas de la Iglesia y a la confección de calendarios y de ciclos pascales.
Las dos actividades que designan ambos vocablos [crónica e historia] tienden, con el tiempo, a resumirse en la historia la cual, por un lado, incorpora el elemento temporal y, por el otro, desplaza a la crónica como actividad verbal. Los anales y las crónicas tienden a desaparecer hacia el siglo XVI y se reemplazan por las narraciones históricas del tipo gesta o vitae. Ya hacia el siglo XVI los antiguos anales y crónicas habían ido desapareciendo gradualmente y fueron reemplazados por la historiae (narración del tipo gesta o del tipo vitae, éste último, que irá conformando la biografía). Es este, al parecer, el sentido en el que se emplea el vocablo “crónica” en los escritos sobre el descubrimiento y la conquista.» [Walter Mignolo: “Cartas, crónicas y relaciones”. En: Luis Iñigo Madrigal (Coordinador)Historia de la literatura hispanoamericana. Madrid: Cátedra, 1998, vol. 1, p.75-76]
El término cronista comenzó a utilizase más tarde para designar al autor de relatos contemporáneos. La historia se fue convirtiendo en disciplina, cuyo objetivo es narrar y explicar el pasado. El cronista se convirtió en el simple relator de hechos desnudos, recopilador de fuentes o escritor costumbrista. Con el desarrollo del periodismo, el de cronista se convirtió en un oficio con pautas cada vez más claras y específicas.
Las crónicas de Indias son una fuente para conocer no sólo la historia del descubrimiento y conquista de América, así como del desarrollo histórico de los virreinatos de ultramar, sino también del mundo prehispánico.
Estas crónicas se inician con el famoso Diario de a bordo de Cristóbal Colón, en el que describe de manera pormenorizada sus primeras impresiones de las Antillas. Estas descripciones inician una larga serie de crónicas dedicadas a la descripción de múltiples aspectos de la naturaleza y de las culturas americanas, entrelazados con los propios hechos de los españoles en el largo proceso de colonización de los reinos de Indias.
Hay dos grupos de cronistas: los que habían estado en América o habían sido protagonistas de alguna de las hazañas de la conquista, y transmitían vivencias personales o noticias adquiridas en el entorno americano, y los que elaboraron sus propias obras reuniendo la información a través de las noticias de otros o lecturas de escritos oficiales o privados, sin haber estado nunca en el Nuevo Mundo.
Al primer grupo pertenecen descubridores, soldados, religiosos y funcionarios que desempeñaron algún papel en este proceso, junto con los indígenas y mestizos que se incorporaron a él. El segundo está formado por la mayoría de los representantes de la historia oficial, que escribieron desde sus despachos, aunque manejaran un caudal inmenso de información de segunda mano, acumulado por los centros de la administración, como el Consejo de Indias, creado en 1524 para atender los temas relacionados con el gobierno de los territorios españoles en América. Fue este Consejo el que creó la figura del cronista mayor de Indias. En 1744, Felipe V decidió que el cargo de cronista mayor debía pasar a la Real Academia de la Historia, sin embargo, se sucedieron algunos nombramientos más al margen de esta institución.
La publicación de las crónicas fue, en muchos casos, tardía. Muchos autores no alcanzaron a ver sus obras impresas. Aún hoy se siguen publicando obras inéditas, que en su tiempo circulaban en círculos muy reducidos o fueron usadas como fuente por cronistas posteriores.
Cronistas oficiales de Indias: El cargo de cronista de Indias se inicia con la documentación reunida por Pedro Mártir de Anglería, que pasa en 1526 a Fray Antonio de Guevara. Juan López de Velasco sigue los papeles del cosmógrafo mayor Alonso de Santa Cruz. Antonio de Herrera es nombrado cronista mayor de Indias en 1596, y publica entre 1601 y 1615 la Historia general de los hechos de los castellanos en las islas y Tierra Firme del mar Océano, conocida como Décadas. Antonio de León Pinelo (recopilador de las leyes de Indias), Antonio de Solís y Pedro Fernández del Pulgar cubrieron el cargo durante el siglo XVII. En el siglo XVIII, se crea la Real Academia de la Historia, que trabaja paralela al Archivo General de Indias. Destaca en esta etapa Juan Bautista Muñoz  con su Historia del Nuevo Mundo, que quedó incompleta.
Cronistas destacados: Bernal Díaz del Castillo, Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, Inca Garcilaso de la Vega, Pedro Cieza de León, Hernán Cortés, López de Gómara, Diego Durán, Francisco Ximénez, Fray Toribio de Benavente, Fray Bernardino de Sahagún, Fray Francisco Vásquez.

martes, 16 de febrero de 2016

Comparación entre el Mito de Amalivacá y Los Advertidos de Alejo Carpentier.

El tema principal en ambos textos es el Diluvio, el cual representa el renacimiento de algo nuevo, libre de malos hombres y donde florecerá una nueva especie.
El aspecto más resaltante en cuanto las semejanzas de ambos textos es la inundación. La inundación que se presenta en el Mito de Amalivacá acaba con la raza humana, dejando con vida solo a un hombre y una mujer que se refugian encima de la roca Tepu-mereme. Luego de esa inundación Amalivacá llega en una barca y le dice a los hombres que deben repoblar nuevamente la tierra, para eso deben agarrar la semilla de la palmera moriche y lanzarlos por encima de sus hombros hacia atrás, de esa semilla nacerá un hombre de raza tamanaco. Hombres fuertes y luchadores.  
En el texto “Los Advertidos”, son varios los que se encargaron de salvar la especie humana, el hombre pequeño de gorro rojo que venia del Reino del Sin, Amaliwak, Noé, Deucalión y Our-Napishtim. Estos cinco hombres eran guiados por sus distintos dioses que le decían qué debían hacer para salvar a los humanos y a los animales. Todos construyeron sus diferentes arcas y algunos alojaron a  las diferentes razas de animales en parejas, pues el diluvio duraría más de veinte días. En este texto, al igual que en el Mito de Amalivacá, también deberán poblar nuevamente la tierra. En este caso, la esposa de Deucalión (Pirra), tomará las piedras, que son los huesos de la tierra y la lanzará por encima de sus hombros y Amaliwak arrojará las semillas de las palmeras.
Después del diluvio, cada uno de los advertidos envió a un animal para ver si había rastro de vida en la tierra.
Ø Amaliwak: arrojó un ratón al agua y al cabo de un tiempo este regresó con un grano de maíz entre las patas. 

Ø Noé: envió a la paloma, y esta regresó con la ramita de olivo en el pico.


Ø Sin: envió  al papagayo y este regresó con la espiga de arroz bajo su ala.

Ø Our-Napishtim: arrojó una paloma, una golondrina y un cuervo. La paloma y la golondrina regresaron sin dar alguna señal, pero el cuervo no regresó, muestra de que encontró algo que comer.
En ambos textos Amalivacá o Amaliwak  es visto como un dios, quien es el salvador de la tierra y padre de los nuevos pobladores, mientras que en el otro texto es representado como una especie de sacerdote que escucha y habla con Dios y a través de él cumple con sus órdenes. 
De esta manera se aprecia el diluvio como símbolo de nueva vida, de eliminar lo malo y comenzar de nuevo.


 Oriana Colmenares

viernes, 27 de noviembre de 2015

Comparación entre El mito de Amalivacá y “Los advertidos” (1984) de Alejo Carpentier

El diluvio universal fue un desastre donde el mundo es destruido por una fuerte lluvia que ocasiona una inundación, para luego dar paso al resurgimiento de la tierra, la naturaleza y la humanidad. Este acontecimiento ha sido relatado por diversas culturas y mitologías a lo largo del tiempo, muchas etnias indígenas lo explican a través de sus propias historias, entre esas los indios tamanacos con el “mito de Amalivacá” y Alejo Carpentier le da su propia interpretación con su cuento “Los advertidos” que se basa en el mito original.

El diluvio es visto como una forma de renacimiento de la tierra, la destrucción de todo lo que vive sobre la tierra, a excepción de algunos escogidos que serán los responsables de volver a poblar la tierra y una pareja de cada especie animal; la eliminación de lo corrupto para que nazca una nueva especie, limpia, sana, que respete la vida y la naturaleza, un hombre que sea un mejor hombre.
En el mito de Amalivacá en lugar de un diluvio es una especie de inundación causada por el rio Orinoco “En cierta ocasión el gran río comenzó a rugir como si de su fondo estallasen los truenos y rayos de una tormenta. Elevó después sus aguas, se desbordó de su cauce”. Al contrario del mito del diluvio universal que es una lluvia enviada por el dios como castigo por las malas acciones del hombre. “En eso sonó la Gran-voz-de-Quien-todo-lo-Hizo: “Cúbrete los oídos”, dijo. Apenas Amaliwak hubo obedecido, retumbó un trueno tan horrísono y prolongado que los animales de la Enorme-Canoa quedaron ensordecidos. Entonces empezó a caer la lluvia”
La construcción del arca donde se salvarán los escogidos por el dios es una similitud entre los diferentes mitos que mencionan el diluvio, Amalivacá la llama canoa, pero es básicamente la embarcación que los salvará de morir ahogados, en el mito de Amalivacá  la pareja de tamanacos se salvan de forma diferente, logran subir a una gran piedra llamada Tepu-mereme, al pasar la lluvia llegó Amalivacá en la canoa, de modo que la embarcación es un elemento importante en las dos historias.
La parte más importante del diluvio es la capacidad de regeneración que le otorga a la tierra, en el mito de Amalivacá, para poder repoblar la tierra él le pide a la pareja que sobrevivió que tomen los frutos de la palma moriche y los lancen sobre sus cabezas. “Y de cada semilla, en cuanto caía al suelo, se iba formando un hombre y una mujer tamanacos, que fueron los padres de las nuevas generaciones”, el fin de la inundación es responsabilidad de Amalivacá que desvía el cauce del rio y hace volver las aguas a su origen.
En el cuento “Los advertidos” mucho más apegado a la historia bíblica, Amalivacá construye la canoa inmensa y salva en ella a su familia, de este modo asegura desde un principio la continuidad de la raza humana, del mismo los otros hombres escogidos, salvan a su familia dentro del arca, pero apegado al mito original deberá Amalivacá lanzar los frutos de la palma moriche para que de la tierra nazcan los nuevos tamanacos,  de la misma forma Deucalión que viene de Grecia deberá lanzar las piedras que él llama huesos de la tierra y así nacerán hombres nuevos, esto se remonta también al mito de Cadmo que para fundar su tierra por el mandato de Atenea planta en la tierra los dientes del dragón y de allí nacen cientos de fieros guerreros.
Otro elemento que es de suma importancia para las historias es el propio Amalivacá o Amaliwak, que en una historia puede ser visto como un dios, salvador de los tamanacos y fundador de la nueva tierra, pero en el cuento es visto como una especie de sacerdote, de mediador entre el dios y los hombres, pues él escucha su voz y cumple sus mandatos.
Se puede observar la divinidad de Amalivacá en el mito, desde el momento en que es visto por la pareja de Tamanacos, “vieron de pronto una extraña canoa que avanzaba por encima del oleaje, manejada por un hombre alto y fuerte, de agudos ojos brillantes por la luz.” Lo describe también como el padre de las gentes que nacerían después.
El mismo Amalivacá será el responsable de rehacer el mundo ayudado por su hermano. Decide cambiar la corriente del río y lo hace solo con su fuerza, mayor que la de ningún ser humano, esto hace pensar aún más que en la figura de Amalivacá hay algo más, algo divino, así que se puede entender a Amalivacá como un dios.
A diferencia del cuento “Los advertidos” Amaliwak es un sacerdote, un enviado por dios que le habla y al que debe obedecer, él se refiere al dios como “La-Gran-Voz-de-Quien-Todo-lo-Hizo” en este cuento Amalivacá es homólogo de otros sacerdotes enviados con los que se consigue, como lo son Noé, Deucalión, el Hombre de Sin y Our-Napishtim, a todos ellos les fue dicho que debían construir un arca para así preservar la vida en la tierra al finalizar el diluvio.
En el cuento, Amaliwak aunque no es visto como un dios, es respetado por todas las tribus y lo escuchan, pues él representa esa forma de comunicación entre la divinidad y la humanidad, lo consideran sabio y le obedecen.

En ambas historias se observa una explicación del diluvio donde la regeneración de la vida corre por la cuenta de un hombre que puede ser un dios o un enviado del dios, que es poderoso y fuerte, digno de la tarea que se le asigna. 

domingo, 11 de octubre de 2015

Los Advertidos

Alejo Carpentier


El amanecer se llenó de canoas. Al inmenso remanso, nacido de la invisible confluencia del Río venido de arriba -cuyas fluentes se desconocían- y del Río de la Mano Derecha, las embarcaciones llegaban, raudas, deseosas de entrar vistosamente en esbeltez de eslora, para detenerse, a palancazas de los remeros, donde otras, ya detenidas, se enracimaban, se unían borda con borda, abundosas de gente que saltaba de proas a popas para presumir de graciosas, largando chistes, haciendo muecas, a donde no los llamaban. Ahí estaban los de las tribus enemigas -secularmente enemigas por raptos de mujeres y hurtos de comida-, sin ánimo de pelear, olvidadas de pendencias, mirándose con sonrisas fofas, aunque sin llegar a entablar diálogo. Ahí estaban los de Wapishan y los de Shirishan, que otrora -acaso dos, tres, cuatro siglos antes- se habían acuchillado las jaurías, mutuamente, librándose combates a muerte, tan feroces que, a veces, no había quedado quien pudiera contarlos. Pero los bufones, de caras lacadas, pintadas con zumo de árboles, seguían saltando a canoa en canoa, enseñando los sexos acrecidos por prepucios de cuerno de venado, agitando las sonajas y castañuelas de conchas que llevaban colgadas de los testículos. Esa concordia, esa paz universal, asombraba a los recién llegados, cuyas armas, bien preparadas, atadas con cordeles que podían zafarse rápidamente, quedaban, sin mostrarse, en el piso de las canoas, bien al alcance de la mano. Y todo aquello -la concentración de naves, la armonía lograda entre humanos enemigos, el desparpajo de los bufones- era porque se había anunciado a los pueblos de más allá de los raudales, a los pueblos andariegos, a los pueblos de las montañas pintadas, a los pueblos de las Confluencias Remotas, que el viejo quería ser ayudado en una tarea grande. Enemigos o no, los pueblos respetaban al anciano Amaliwak por su sapiencia, su entendimiento de todo y su buen consejo, los años vividos en este mundo, su poder de haber alzado, allá arriba en la cresta de aquella montaña, tres monolitos de piedra que todos, cuando tronaba, llamaban los Tambores de Amaliwak. No era Amaliwak un dios cabal; pero era un hombre que sabía; que sabía de muchas cosas cuyo conocimiento era negado al común de los mortales: que acaso dialogara, alguna vez, con la Gran-Serpiente-Generadora, que, acostada sobre los montes, siguiéndole el contorno como una mano puede seguir el contorno a la otra mano, había engendrado los dioses terribles que rigen el destino de los hombres, dándoles el Bien con el hermoso pico del tucán, semejante al Arco Iris, y Mal, con la serpiente coral, cuya cabeza diminuta y fina ocultaba el más terrible de los venenos. Era broma corriente decir que Amaliwak, por viejo, hablaba solo y respondía con tonterías a sus propias preguntas, o bien interrogaba las jarras, las cestas, la madera de los arcos, como si fuesen personas. Pero cuando el Viejo de los Tres Tambores convocaba era porque algo iba a suceder. De ahí que el remanso más apacible de la confluencia del Río venido de arriba con el río de la Mano Derecha estuviera llena, repleta, congestionada de canoas, aquella mañana.
Cuando el viejo Amaliwak apareció en la laja, que a modo de tribuna gigantesca se tendía por encima de las aguas, hubo un gran silencio. Los bufones regresaron a sus canoas, los hechiceros volvieron hacia él el oído menos sordo, y las mujeres dejaron de mover la piedra redonda sobre los metales. De lejos, de las últimas filas de embarcaciones, no podía apreciarse si el Viejo había envejecido o no. Se pintaba como un insecto gesticulante, como algo pequeñísimo y activo, en lo alto de la laja. Alzó la mano y habló. Dijo que Grandes Trastornos se aproximaban a la vida del hombre; dijo que este año, las culebras habían puesto los huevos por encima de los árboles; dijo que, sin que le fuera dable hablar de los motivos, lo mejor para prevenir grandes desgracias, era marcharse a los cerros, a los montes, a las cordilleras. “Ahí donde nada crece”, dijo un Wapishan a un Shirishan que escuchaba al viejo con sonrisa socarrona. Pero un clamor se alzó allá, en el ala izquierda donde se habían juntado las canoas venidas de arriba. Gritaba uno: “¿Y hemos remado durante dos días y dos noches para oír esto?”, “¿Qué ocurre en realidad?”, gritaban los de la derecha. “¡Siempre se hace penar a los más desvalidos!”, gritaron los de la izquierda. “¡Al grano! ¡Al grano!”, gritaron los de la derecha. El viejo alzó la mano otra vez. Volvieron a callar los bufones. Repitió el viejo que no tenía el derecho de revelar lo que, por proceso de revelación, sabía. Que, por lo pronto, necesitaba brazos, hombres, para derribar enormes cantidades de árboles en el menor tiempo posible. Él pagaría en maíz -sus plantíos eran vastos- y en harina de yuca, de las que sus almacenes estaban repletos. Los presentes, que habían venido con sus niños, sus hechiceros y sus bufones, tendrían todo lo necesario y mucho más para llevar después. Este año -y esto lo dijo con un tono extraño, ronco, que mucho sorprendió a quines lo conocían- no pasarían hambre, ni tendrían que comer gusanos de tierra en la estación de las lluvias. Pero, eso sí: había que derribar los árboles limpiamente, quemarles las ramas mayores y menores, y presentarle los troncos limpios de taras; limpios y lisos, como los tambores que allá arriba (y los señalaba) se erguían. Los troncos, rodados y flotados, serían amontonados en aquel claro -y mostraba una enorme explanada natural- donde, con piedrecitas, se llevaría la contabilidad de lo suministrado por cada pueblo presente. Acabó de hablar el Viejo, terminaron las aclamaciones y empezó el trabajo.

II
“El viejo está loco.” Lo decían los de Wapishan, lo decían los de Shirishan, los decían los Guahíbos y Piaroas; lo decían los pueblos todos, entregados a la tala, al ver que con los troncos entregados, el viejo procedía a armar una enorme canoa -al menos, aquello se iba pareciendo a una canoa- como nunca pudiese haber concebido una mente humana. Canoa absurda, incapaz de flotar, que iba desde el acantilado del Cerro de los Tres Tambores hasta la orilla del agua, con unas divisiones internas -unos tabiques movibles- absolutamente inexplicables. Además, esa canoa de tres pisos, sobre la cual empezaba a alzarse algo como una casa con techo de hojas de moriche superpuestas en cuatro capas espesas, con una ventana de cada lado, era de un calado tal que las aguas de aquí, con tantos bajos de arena, con tantas lajas apenas sumergidas, jamás podía llevar. Por ello, lo más absurdo, lo más incomprensible, es que aquello tuviese forma de canoa, con quilla, con cuaderna, con cosas que servían para navegar. Aquello no navegaría nunca. Templo tampoco sería, porque los dioses se adoran en cavernas abiertas en las cimas de los montes, allá donde hay animales pintados por los Antepasados, escenas de caza, y mujeres con los pechos muy grandes. El Viejo estaba loco. Pero de su locura se vivía. Había mandioca y maíz y hasta maíz para poner la chicha y fermentar en los cántaros. Con esto se daban grandes fiestas a la sombra de la Enorme Canoa que iba creciendo de día en día. Ahora el Viejo pedía resina blanca, de esa que brota de los troncos de un árbol de hojas grasas, para rellenar las hendijas dejadas por el desajuste de algún tronco, mal machihembrado con el más próximo. De noche se bailaba a la luz de las hogueras; los hechiceros sacaban las Grandes Máscaras de Aves y Demonios; los bufones imitaban el venado y la rana; había porfías, responsos, desafíos incruentos entre las tribus. Venían nuevos pueblos a ofrece sus servicios. Aquello fue una fiesta, hasta que Amaliwak, plantando una rama florida en el techo de la casa que dominaba la Enorme Canoa, resolvió que el trabajo estaba terminado. Cada cual fue pagado cabalmente en harina de yuca y en maíz y -no sin tristeza- los pueblos emprendieron la navegación hacia sus respectivas comarcas. Ahí quedaba, en luna llena, la canoa absurda, la canoa nunca vista, construcción en tierra que jamás habría de navegar a pesar de su perfil de nave-con-casa-encima, en cuyo cuádruple techo de moriche andaba el viejo Amaliwak, entregado a extrañas gesticulaciones. La Gran-Voz-de-Quien-Todo-lo-Hizo les hablaba. Había roto las fronteras del porvenir y recibía instrucciones del anciano. “Repoblar la tierra de hombres, haciendo que su mujer arrojara semillas de palmera por encima de su hombro.” A veces, pavorosa de su dulzura exterminadora, sonaba la voz de la Gran-Serpiente-Generadora, cuyas palabras cantarinas helaban la sangre. “¿Por qué habré de ser yo -pensaba el anciano Amaliwak- el depositario del Gran Secreto vedado a los hombres? ¿Por qué se me ha escogido a mí para pronunciar los terribles conjuros, para asumir las grandes tareas?” Un bufón curioso había permanecido en una barca rezagada para ver lo que podía ocurrir ahora en el Extraño-Lugar-de-la-Canoa-Enorme. Y cuando la luna se ocultaba ya detrás de las montañas cercanas, sonaron los Conjuros, inauditos, incomprensibles, lanzados con una voz tan fuerte que no podía tratarse de la vos de Amaliwak. Entonces algo que era de vegetación, de árboles, del suelo, de los ramazones, que aún quedaban detrás de las talas, echó a andar. Era un tumulto tremebundo de saltos, de vuelos, de arrastre, de galopes, de empellones, hacia la Enorme-Canoa. El cielo blanqueó de garzas antes del amanecer. Una masa de rugidos, zarpazos, trompas, morros, corcovaos, encabritamientos, cornadas; una masa arrolladora, tremebunda, presurosa, se iba colando en la embarcación imposible, cubierta por las aves que entraban a todo vuelo, por entre cuernos y cornamentas, patas alzadas, mordiscos lanzados al viento. Después, el suelo hirvió en el mundo de los reptiles de agua y de tierra, y las serpientes menores -ésas, que hacen música con la cola, se disfrazan de ananás o traen pulseras de ámbar y de coral sobre el cuerpo. Hasta bien pasado el mediodía se asistió a la arribazón de gente que, como los venados rojos, no habían recibido el aviso a tiempo, o las tortugas, para las cuales los viajes largos eran trabajosos y más ahora que eran los tiempos de desovar. Por fin, viendo que la última tortuga había entrado en la canoa. El anciano Amaliwak cerró la Gran-Escotilla, y subió a lo más alto de la casa donde las mujeres de su familia -es decir: de su tribu, puesto que su gente se casaba a los trece años- estaban entregadas, cantando, a los juegos y rejuegos del metate. El cielo de aquel mediodía era negro. Parecía que las tierras negras de las comarcas negras se hubiese subido, de horizonte a horizonte. En eso sonó la Gran-voz-de-Quien-todo-lo-Hizo: “Cúbrete los oídos”, dijo. Apenas Amaliwak hubo obedecido, retumbó un trueno tan horrísono y prolongado que los animales de la Enorme-Canoa quedaron ensordecidos. Entonces empezó a caer la lluvia. Lluvia de Cólera de los Dioses, pared de agua de un espesor infinito, bajada de lo alto; techo de agua en desplome perpetuo. Como era imposible respirar, siquiera, bajo semejante lluvia, el viejo entró en la casa. Ya caían goteras, ya lloraban las mujeres, ya chillaban los niños. Y ya no se supo del día ni de la noche. Todo era noche. Amaliwak, ciertamente, se había provisto de mechas que, al ser encendidas, ardían más o menos durante el tiempo de un día o de una noche. Pero ahora, con la ausencia de luz, estaba desconcertado en sus cálculos, dando noches por días y días por noches. Y, de súbito, en un momento que el anciano no olvidaría nunca, la proa de la canoa empezó a dar bandazos. Una fuerza levitaba, alzaba, empujaba, aquella construcción hecha a los dictados de los Poderosos de las Montañas y de los Cielos. Y después de una tensión, de una indecisión, de un miedo, que obligó a Amaliwak a tomarse un jarro entero de Chicha de maíz, hubo como un embate sordo. La Enorme-Canoa había roto su última atadura con la tierra. Flotaba. Y se lanzaba hacia un mundo de raudales abiertos entre montañas, raudales cuyo bramido continuo ponía pavor en el pecho de los hombres y animales. La Enorme-Canoa flotaba.

III
Al principio Amaliwak y sus hijos y sus nietos y bisnietos y tataranietos trataron, aullantes, de piernas abiertas en las cubiertas, de concentrarse en alguna maniobra del timón. Era inútil. Circundada la montaña, azotada por los rayos, la Enorme-Canoa caía, de raudal en raudal, de viraje en viraje, esquivando los escollos, sin topar con nada, por su misma debilidad en seguir el enfurecido correr de las aguas. Cuando el anciano se asomaba a la borda de su Enorme-Canoa, la veía correr, harto rauda, desorientada, desnortada (¿acaso se veían las estrellas?) en su mar de fango líquido que iba empequeñeciendo las montañas y los volcanes. Porque a aquél se le miraba de cerca el exiguo abismo que otrora arrojara fuego. Poco impresionaban sus labios de lava llovida. Las montañas se reducían en tamaño en aquella desaparición creciente de sus faldas. E iba la Enorme-Canoa por rumbos inseguros, a veces, antes de arrojarse a un disparadero de aguas que paraba en cataratas ya amansadas por las aguas -según el mal cálculo de Amaliwak había llovido durante más de veinte días, y de aquella manera tremebunda…- dejaron de caer del cielo. Se hizo un gran remanso, una gran mar quieta entre las últimas cimas visibles, con sus playas de lado pintadas a millares de palmos de altura, y la Enorme-Canoa dejó de agitarse. Era como si La-Gran-Voz-de-Quien-Todo-lo-Hizo le impusiera un descanso. Las mujeres habían regresado a sus metates. Los animales, abajo, estaban tranquilos; todos, desde el día de la Revelación, se habían conformado con el yantar cotidiano, de maíz y de yuca, así fueran carnívoros. Amaliwak, cansado, se echó un buen jarro de Chicha en el gaznate y se echó a dormir en su chinchorro.
Al tercer día de sueño lo despertó el choque de su nave con alguna cosa. Pero no era cosa de roca, ni de piedra, ni de troncos muy viejos, de esos que yacían petrificados, intocables en los claros de la selva. El golpe había derribado algunas cosas: jarros, enceres, armas, por su violencia. Pero había sido un golpe blando, como de madera mojada con madera mojada, de tronco flotante con tronco flotante, en que ambos, después de herirse las cortezas, siguen juntos sus caminos, unidos como marido y mujer. Amaliwak subió a los pisos superiores de su embarcación. Su canoa había tropezado, de soslayo, con algo rarísimo. Sin fracturas había abordado una nave enorme, de costillares al descubierto, de cuadernas fuera de borda, como hecha de bambúes, de juncos, con algo sumamente singular: un mástil en torno al cual giraba, según soplara la brisa -ya habían terminado los grandes vientos- un velamen cuadrado, de cuatro caras, que agarraba el aire que soplaba por debajo, como una chimenea. Viendo así la embarcación oscura, que ninguna forma viviente animaba, pensó el anciano Amaliwak en medirla a ojo de buen comprador de jarras -con chicha adentro por supuesto. Tenía unos trescientos codos de longitud, unos cincuenta de anchura, y unos treinta codos de alto. “Más o menos como mi canoa -dijo- aunque yo he dilatado a lo sumo las proporciones que me fueron dictadas por revelación. Los dioses de tanto andar por los cielos, poco saben de navegar.” Se abrió la escotilla de la extraña nave, apareció un anciano pequeñito, tocado con un gorro rojo, que parecía sumamente irritado. “¿Qué? ¿No atamos cabos?”, gritó, en un idioma extraño, hecho a saltos de tonalidades de palabras a palabras, pero que Amaliwak entendió porque los hombres sabios, en aquellos días, entendían todos los idiomas, dialectos y jergas, de los seres humanos. Amaliwak mandó a lanzar cabos a la extraña embarcación; ambas se arrimaron, y se abrazó el anciano de otro anciano de tez un tanto amarillenta, que dijo venir del Reino de Sin, cuyos animales traía en las entrañas del Gran Barco. Abriendo la escotilla mostró a Amaliwak un mundo de animales desconocidos que entre divisiones de madera que limitaban sus pasos pintaban estampas zoológicas por él nunca sospechadas. Se asustó al ver que hacía ellos trepaba un oso negro de muy fea traza: abajo había como venados grandes, con gibas en los lomos. Y unos felinos brincadores, nunca quietos, que llamaban “onzas”. “¿Qué hace usted aquí?”, preguntó el hombre de Sin a Amaliwak. “¿Y usted?”, contestó el anciano. “Estoy salvando a la especie humana y las especies animales”, dijo el hombre de Sin. “Estoy salvando a la especie humana y las especies animales”, dijo el anciano Amaliwak. Y como las mujeres del hombre de Sin habían traído vino de arroz, no se habló más de cuestiones difíciles de dilucidar, aquella noche. Y algo borrachos estaban los hombres de Sin y el anciano Amaliwak cuando, al filo del amanecer, un golpe formidable hizo retumbar a las dos naves. Una embarcación cuadrada -trescientos codos de longitud, cincuenta más o menos de anchura, treinta codos (eran unos cincuenta) de alto- dominada por una casa vivienda con ventanas laterales, había topado con las dos naves amarradas. En la proa, antes de que fuesen a requerirlo por una mala maniobra marinera, un anciano, muy anciano, de largas barbas, recitaba lo inscripto en las pieles de los animales. Y lo recitaba a gritos, para que todos lo escucharan, y nadie viniese a requerirlo por la maniobra marinera mal hecha. Decía: “Me dijo Iaveh: "Hazte un arca de madera de Gopher; harás aposentos en el arca, y la embetunarás con brea por dentro y por fuera. Al arca harás pisos abajo, segundo y tercero”. “Aquí también hay tres pisos”, decía Amaliwak. Pero proseguía el otro: “Y yo, he aquí que yo traigo un diluvio de aguas sobre la tierra, para destruir toda carne en que haya espíritu de vida debajo del cielo, todo lo que hay en el la tierra morirá. Más estableceré un pacto contigo y entrará en el arca tú y tus hijos y tu mujer y las mujeres de tus hijos contigo…” “¿No fue eso acaso lo que hice?”, dijo el anciano Amaliwak. Pero proseguía el otro el recitado de su Revelación: “Y de todo lo que vive, de toda carne, dos de cada especie meterás en el arca, para que tengan vida contigo: macho y hembra serán. De las aves según su especie; de todo reptil de la tierra, según su especie; dos de cada especie entrarán contigo para que hayan vida”. “¿Así no hice yo?”, preguntábase el anciano Amaliwak hallando que aquel extraño resultaba harto presuntuoso con sus Revelaciones que eran semejantes a todas las demás. Pero al pasar de embarcación en embarcación, los nexos de simpatía se fueron creando. Tanto el hombre de Sin, como el anciano Amaliwak y el Noé recién llegado eran grandes bebedores. Con el vino del último, la chicha del viejo y el licor de arroz del primero, los ánimos se fueron ablandando. Se formulaban preguntas, tímidas al comienzo, acerca de los pueblos respectivos; de sus mujeres, de sus modos de comer. Ya sólo llovía de cuando en cuando, y eso, como para poner un poco de claridad en el cielo. El Noé, del arca maciza, propuso que se hiciera algo para saber si toda vida vegetal había desaparecido del mundo. Lanzó una paloma sobre las aguas, quietas aunque fangosas en grado increíble. Al cabo de una larga espera, la paloma regresó con un ramito de olivo en el pico. El anciano Amaliwak lanzó entonces un ratón al agua. Al cabo de una larga espera regresó con una mazorca de maíz entre sus patas. El hombre del País de Sin despachó, entonces, un papagayo, que regresó con una espiga de arroz debajo del ala. La vida recobraba su curso. Sólo faltaba recibir alguna Instrucción de Aquellos que vigilan el ir y venir de los hombres desde sus templos y cavernas. Las aguas bajaban de nivel.

IV
Transcurrían los días y calladas estaban las voces de La-Gran-Voz-de-Quien-Todo-lo-Hizo, de Iaveh con quien Noé parecía haber tenido largos coloquios, con instrucciones más precisas que las impartidas a Amaliwak; de Quien-Todo-lo-Creó y vive en el espacio ingrávido y suspendido como una burbuja, escuchado por el Hombre de Sin. Desconcertados estaban los capitanes de las naves, arrimadas por sus bordas, sin saber qué hacer. Descendían las aguas; crecían las cordilleras en el horizonte de paisajes libres de nieblas. Y, una tarde en que los capitanes bebían para distraerse de sus propias cavilaciones, se anunció la aparición de una cuarta nave. Era casi blanca, de una admirable finura de líneas, con las bordas pulidas y una vela de forma que nunca habían visto por acá. Se arrimó ligeramente, y, envuelto en una capa negra, apareció su Capitán: “Soy Deucalión -dijo-. De dónde se yergue un monte llamado Olimpo. He sido encargado por el Dios del Cielo y de la Luz de repoblar el mundo cuando termine este horrible diluvio” “¿Y dónde lleva los animales en una nave tan exigua?”, preguntó Amaliwak. “No se me ha hablado de los animales -dijo el recién llegado-. Cuando termine esto tomaremos piedras, que son los huesos de la tierra, y mi esposa Pirra las arrojará por encima de sus hombros. De cada guijarro nacerá un hombre”. “Yo debo hacer lo mismo con las semillas de palmeras”, dijo Amaliwak. En eso, de la bruma que acababa de levantarse sobre las costas cada vez más próximas, surgió, como embistiendo, la mole enorme de una nave casi idéntica a la de Noé. Una hábil maniobra de los que la tripulaban ladeó la embarcación poniéndola al pairo. “Soy Our-Napishtim -dijo el nuevo Capitán, saltando a la nave de Deucalión-. Por el Dueño-de-las-Aguas supe lo que iba a ocurrir. Entonces edifiqué el arca, y embarque en ella, además de mi familia ejemplares de animales de todas las especies. Me parece que lo peor ha pasado. Primero arrojé una paloma al espacio, pero regresó sin haber hallado cosa alguna que, para mí, significara vida. Lo mismo me ocurrió con la golondrina. Pero el cuervo no regresó: pruebas de que halló algo que comer. Estoy seguro de que en mi país, en el lugar llamado Boca de los Ríos, ha quedado gente. El agua sigue descendiendo. Ha llegado la hora de regresar a las tierras propias. Con tanta tierra de aquí, de allá, acarreada, depositada, dejada sobre los campos, tendremos buenas cosechas”. Y dijo el hombre de Sin: “Pronto abriremos las escotillas y saldrán los animales a sus pastos fangosos; y se reanudará la guerra entre las especies; y los unos devorarán a los otros. No me cupo la gloria de salvar a la raza de los dragones, y lo siento, porque ahora esa raza se extinguirá. Sólo hallé un dragón macho, sin hembra, en el lugar septentrional donde pacen elefantes de colmillos curvos y donde los grandes lagartos ponen huevos semejantes a sacos de sésamo”. “Todo está en saber si los hombres habrán salido mejores de esta aventura -dijo Noé-. Muchos deben haberse salvado en las cimas de los montes.”
Los Capitanes cenaron silenciosamente. Una gran congoja -inconfesada, sin embargo; guardada en lo hondo del pecho- les ponía lágrimas a las gargantas. Se había venido abajo el orgullo de creerse elegidos -ungidos- por las divinidades que, en suma, eran varias, y hablaban a los hombres de idéntica manera. “Por ahí deben andar otras naves como las nuestras” dijo Our-Napishtim, amargo. “Más allá de los horizontes; mucho más allá debe haber otros hombres advertidos, navegando con sus cargas de animales. Debe haberlo de países donde se adora el fuego y las nubes”. “Debe haberlo de los Imperios del Norte que, según dicen, son tremendamente industriosos.” En ese instante La-Gran-Voz-de-Quien-Todo-lo-Hizo retumbó en los oídos de Amaliwak: “Apártate de las demás naves, y déjate llevar por las aguas”. Nadie, salvo el Viejo, escuchó el tremendo mandato. Pero a todos les ocurría algo, puesto que se marcharon de prisa, sin despedirse unos de otros, volviendo a sus embarcaciones. Cada una halló la corriente que le correspondía, en un agua que ya se pintaba a la manera de un río. Y, pronto, el anciano Amaliwak se encontró solo con su gente y con sus animales. “Los dioses eran muchos -pensaba-. Y donde hay tantos dioses como pueblos, no puede reinar la concordia, sino que debe vivirse en desavenencia y turbamulta en torno a las cosas del Universo.” Los dioses se le empequeñecían. Pero aún le tocaba una tarea que cumplir. Arrimó la Enorme-Canoa a una orilla y, bajando detrás de una de sus esposas, le hizo arrojar detrás de sus espaldas las semillas de palmera que llevaba en un saco. En el acto -y era maravilloso verlo- las semillas se transformaron en hombres que en pocos instantes crecían, pasando de la talla de niños, a la talla de mozos, a la talla de adolescentes, a la talla de hombres. Con las semillas que contuvieran gérmenes de hembra ocurría lo mismo. Al cabo de la mañana era una multitud, pululante, la que llenaba la orilla. Pero, en eso, una oscura historia de rapto de hembra, dividió a la multitud en dos bandos, y fue la guerra. Amaliwak regresó rápidamente a la Enorme-Canoa, viendo cómo los hombres, recién salvados, se mataban unos a otros. Y según sus posiciones de combate en la costa elegida para su resurrección, era evidente que ya se había creado un Bando-montaña y un Bando-valle. Ya tenía éste un ojo colgándole de la cara; ya venía el otro con el cráneo abierto por una piedra. “Creo que hemos perdido el tiempo”, dijo el anciano Amaliwak poniendo su Enorme-Canoa a flote.
FIN

Semejanzas entre el Popol Vuh anónimo y La escritura del dios de Jorge Luis Borges

El presente ensayo tiene como finalidad demostrar las similitudes presentes entre las obras Popol Vuh cuyo autor se desconoce y La escritura del dios de Jorge Luis Borges. En ambos escritos se puede apreciar la creación del universo, de cómo fueron creados los animales, las montañas, los primeros hombres, otros aspectos semejantes son la aparición del inframundo y que su forma escrita es cíclica, pues los sucesos van ocurriendo en un orden estipulado.
En la obra del Popol Vuh, la creación del universo, las montañas, ríos, animales, hombres, la luz, oscuridad y todo lo que en él habitaba se aprecia en los primeros cuatros capítulos, donde narran cómo y de qué manera sucedió cada acontecimiento. En cuanto a la obra de Borges La escritura del dios,  Tzinacan ve los orígenes del universo, de cómo las montañas surgieron del agua, que vio los primeros hombres de palo, los perros, entre otras cosas de las cuales hace mención en su escrito. Es posible que a su vez, Borges asocie al tigre con el universo, con lo divino, como un creador.
Otro aspecto que se resalta en ambas obras, es la aparición del inframundo. En el Popol Vuh, los de Xibalbá, los cuales tenían sus gobernantes Hun-Camé y Vucub-Camé, estos tenían una serie de castigos en las casas que poseían: la casa oscura, la casa de frío, la casa de los jaguares, la casa de los cuchillos, la casa de los murciélagos y la casa del calor. Era poco probable que los que entraban a estas casas salieran con vida, pues los castigos eran terribles.
En cuanto al inframundo representando en la obra de Borges, se asocia a la cárcel en la que se encuentra encerrado Tzinacan, ya que la describe como un lugar frío, de piedra con barrotes.

A pesar de los maltratos que recibió Tzinacan, para que revelara el secreto que se escondía en el pelaje del tigre, éste no accedió a darlo. Una fórmula de catorce palabras que lo convertirían en el emperador de Moctezuma, que harían que las pirámides volvieran a reconstruirse junto con el imperio.  Catorce palabras dichas en voz alta para que él, Tzinacan se convirtiera en inmortal. 

Oriana Colmenares

jueves, 27 de agosto de 2015

Importancia de los Dioses en el Popol Vuh y Chac Mool

Género literario del Popol Vuh: Narrativo
Género Literario del Chac Mool: Narrativo

 El Popol Vuh es un relato épico basado en las leyendas de la extraordinaria civilización maya-quiché, que habla sobre la creación del mundo y el Chac Mool un texto creado por Carlos Fuentes en el año de 1954 y su nombre maya se refiere al del  jaguar, se le dio igual denominación a la escultura de un hombre semi-acostado boca arriba hallada en Chichén-Itza. Dicha figura tiene un receptáculo en el centro, motivo por el cual se cree que era una divinidad asociada con la lluvia y a los sacrificios humanos, es por ello que se tomara en cuenta la importancia de los dioses para relacionar ambas escrituras narrativas ya que las mismas hacen referencia a la presencia y la adoración que hay que rendirle a los dioses los dueños de la creación, así mismo acarrea el México moderno con su pasado indígena que se rehúsa a extinguirse. Fuentes menciona la evolución y los cambios que han ocurrido en la cultura de la sociedad mexicana. El Chac Mool simboliza en el cuento la firmeza de la cultura ante todos estos cambios que ocurren en la sociedad. En la mezcla de símbolos religiosos, mitológicos y culturales, el cuento intenta unir el pasado indígena conocido por las escrituras religiosas del Popol Vuh con el México contemporáneo. Sería apropiado preguntarnos ¿Por qué los dioses decidieron poblar la tierra?

El Popol Vuh, siendo una de las máximas representaciones de la literatura, específicamente de la cultura maya, se puede considerar dicha obra como una eminencia de gran importancia cultural por parte de las civilizaciones indígenas maya. El legado histórico del Popol Vuh tiene un valor incalculable, debido a la amplia gama de conocimientos plasmados en esta obra, con respecto a diversos aspectos del mundo maya y sus costumbres.
Sintetizando los puntos más relevantes que  se aprecian a lo largo del documento literario, se pueden destacar aspectos como la imaginación, la gran creatividad, ligado al aspecto religioso, cosmogónico, teogónico, teológico mitológico, político y social. Aspectos que Carlos fuentes toma en cuenta para escribir sobre la sagrada escultura literalmente llamada Chac Mool. Se puede ver que ésta obra literaria está orientada a entretener al público, contando grandiosas hazañas de héroes irreales, conscientes de que todo era fantasía.
 A describir costumbres, creencias de carácter religioso, origen del hombre, y origen de todas las cosas según la cultura que lo creó, la maya-quiché. En numerosas ocasiones el hombre y los dioses se ponen a un mismo nivel, interactuando unos con otros en batallas y diversas hazañas. Los dioses son muy superiores a los humanos, crean a las criaturas para que los veneren y rindan culto, de lo contrario serán castigadas. Durante toda la obra se habla de un héroe y un antihéroe, pueden ser dioses o seres humanos, no se habla de uno en específico. En esta obra literaria se presentan conceptos muy avanzados en cuanto a la creación del mundo y del hombre por parte de dioses. Al mismo tiempo podemos observar como estos dioses cometen errores y fallan en múltiples oportunidades, es decir no son perfectos. Por ejemplo, la creación del hombre de barro, de madera y finalmente el hombre de maíz. Así mismo, se destaca el aspecto religioso y su marcado politeísmo con sus respectivas creencias, ritos, adoraciones, sacrificios, ofrendas, danzas. También es importante mencionar la lucha entre dioses o las llamadas “gestas de los dioses”, causadas por diferencias entre los dioses del bien y los dioses del mal. Paralelamente al ámbito religioso encontramos el carácter mitológico, donde se explican hechos incompresibles a través de mitos. En gran parte todos los fenómenos que no podían entender debido a su estado primitivo, eran atribuidos a dioses por medio de mitos.
Socialmente en la obra se narran la vida de las diferentes tribus maya, sus migraciones a diversos lugares, así mismo su organización política y económica. De igual modo se hace referencia a las instituciones, costumbres, formas de vida y las luchas y combates entre los diferentes grupos para crear imperios dominadores como el del quiché y los cakchiqueles. Tomando en consideración otros aspectos de la obra, vemos como es  tomado en cuenta la estructura del viaje, ya que hay un desplazamiento en una dirección de sentido. Un ejemplo de ello es como los dioses se movilizan para crear lo que no existe, y más tarde el hombre se desplaza para imponer sus culturas y dominar sobre la tierra.
Considerando  todos los aspectos antes mencionados podemos considerar el Popol Vuh como el legado más rico de la cultura maya-quiché, por los múltiples elementos que abarca dentro de su estructura, y es fácilmente comparable con el libro del Génesis de la Biblia.
Resultan muy sorprendentes las similitudes que se encuentran entre el Popol Vuh y la biblia cristiana; en ambos se habla de un diluvio universal, hay hombres creados por los dioses, existe una doncella que concibe sin varón, se hacen peregrinaciones y penitencias como medios de salvación e incluso, la cruz es un símbolo sagrado. Fuentes en su obra el Chac Mool incorpora un mosaico sincrético en donde conviven el pasado y el presente.
“Un Dios al que no le basta que se sacrifiquen por él, sino que incluso va a que le arranquen el corazón, ¡caramba, jaque mate a Huitzilopochtli! El cristianismo, en su sentido cálido, sangriento, de sacrificio y liturgia se vuelve una prolongación natural y novedosa de la religión indígena” (Fuentes, 1982:13).
 Sin duda alguna, luego de observar toda esta evidencia histórica, podemos llegar a la irrefutable conclusión de que las civilizaciones maya-quiché poseían un nivel intelectual, literario, cultural, y una imaginación muy superior a otras civilizaciones ubicadas en el mismo espacio cronológico, lo que nos lleva a pensar y a considerarlos como los intelectuales de la cultura pe-hispánica, y aquellos que han pasado a la historia con mayor relevancia por su invalorable legado cultural e histórico.

Angelly Urbina


Los Sacrificios como una necesidad divina


En la mitología maya se justifica el sacrificio como un método para mantener el orden del cosmos, de la relación de los dioses y los hombres. Los dioses crearon a los hombres con la única finalidad de que los adoraran, al crearlos hicieron su cuerpo con maíz amarillo y blanco de eso se hizo su sangre, y los  hombres eran consientes de que esto venía de los dioses y por la tanto debían pagar y agradecer esto mediante el rito, a través del sacrificio de sangre, ya fuese de animales o humanos.
El sacrificio también se realizaba con la finalidad de pedir a los dioses favores o protección, por ejemplo una buena cosecha, las lluvias, el triunfo en la guerra, entre otros, en el Popol Vuh o el libro del consejo, el sacrificio se hace presente cuando Tohil crea el fuego para su pueblo y los otros pueblos que se mueren de frío se acercan a los sacerdotes y sacrificadores del dios, para pedir fuego para calentarse y Tohil exige el corazón para poder otorgarles el fuego. “Bueno ¿querrán dar su pecho y su sobaco? ¿Quieren sus corazones que yo Tohil los estreche entre mis brazos? Pero si así no lo desean, tampoco les daré su fuego, respondió Tohil” y desde ese momento quedó establecido el sacrificio humano como el medio de pago para conseguir algún favor de los dioses
El término no solo se encuentra en este pasaje del popol vuh, se repite más adelante cuando los dioses hablan a las tribus y les dicen “venid a darnos un poco de vuestra sangre, tened compasión de nosotros, quedaos con el pelo de los venados”. En este caso la finalidad del sacrificio era alimentar a los dioses, devolverles la fuerza vital de la sangre, más adelante en el mismo capítulo dice “y cuando la sangre había sido bebida por los dioses, al punto hablaba la piedra cuando llegaban los sacerdotes y los sacrificadores, cuando iban a llevarles sus ofrendas”.
Otra forma de sacrificio era la automortificación, donde los sacrificadores, se cortaban o punzaban el cuerpo para ofrecer sangre a su dios, en el Popol Vuh los sacerdotes de Tohil, lo realizan para ofrendar su propia sangre “luego se punzaban las orejas y los brazos ante la divinidad, recogían la sangre y la ponían en el vaso junto a la piedra”.
Los sacrificios también eran un tributo de guerra, los sacrificios humanos se realizaban generalmente con los hombres de los pueblos que eran vencidos en los combates, como ofrenda para el dios los sacerdotes en el Popol Vuh van secuestrando a los hombres de las tribus para sacrificarlos.
En el texto, el “Chac Mool” de Carlos Fuentes se encuentra otro tipo de sacrificio a los dioses, el servicio, ocasionado por el miedo y la obligación de hacer todo lo que el dios necesite, solo por el simple hecho de su divinidad y de la intimidación que le genera a Filiberto, el humano que compra la estatua del Chac Mool, sin tener la menor idea que este es el verdadero dios maya de la lluvia y el trueno, que cobra vida al entrar en contacto nuevamente con su elemento vital, el agua.
El dios al recuperar su vida hace que Filiberto le sirva como una especie de sacerdote al proporcionarle sacrificios, buscándole agua para mantenerse con vida,  “el Chac Mool ha descubierto una fuente publica a dos cuadras de aquí, todos los días hago diez o doce viajes por agua”. Se puede observar similitud al ofrecimiento de sangre que hacen en el Popol Vuh para que los dioses vivan y hablen con los sacerdotes, del mismo modo Filiberto ofrece el elemento vital al dios para que este viva.
Filiberto sacrifica su libertad, su casa, su trabajo su dinero para servir al dios, pero el Chac Mool es cada vez más cruel y lo maltrata. Ocupa con su presencia todo lo que es de Filiberto, con su olor a sangre e incienso que refuerza su presencia y que además es una alusión a los antiguos rituales y sacrificios que se realizaban en su honor, pues en la vasija que lleva en el vientre se colocaban la sangre y los corazones de los sacrificados.
Filiberto huye a Acapulco, donde muere ahogado, no hay que olvidar que el dios Chac no es solo dios de la lluvia, sino también del agua en la tierra, es decir, de los mares, lagos y ríos, la muerte de Filiberto se puede analizar como el sacrificio final, entregar la vida al dios a través del agua, es decir, representa el agua un elemento que no solo es visto como dador de vida sino también como generadora de muerte, de este modo Filiberto otorga su vida que era lo último que le faltaba dar.
 La muerte de Filiberto al ocurrir en el agua también puede ser vista como una forma de regresar al dios, en las mitologías prehispánicas los dioses crearon a los hombres y  deben agradecer con su vida, regresar a ellos a través  de la muerte, de allí que Filiberto se ahogue, de este modo vuelve al dios para tener una vida diferente que en la historia no termina de quedar clara, dado que Chac Mool pide que lo lleven al sótano donde se asume que iniciará su nueva fase.

En la antigüedad al dios de la lluvia se le sacrificaban, hombres jóvenes especialmente niños y mujeres vírgenes que eran decapitados o arrojados por precipicios con joyas preciosas para de este modo evitar las sequías y las hambrunas, es decir, para mantener ese equilibrio en el cosmos, para agradecer a los dioses por sus bonanzas y para evitar las desgracias, el sacrificio humano alimentaba a los dioses con la vida de los hombres, esta es la razón de su importancia en la cultura y la religión maya. 

Naybí Chacón